Queenie era una rubia que no envejecía
y bailaba en un vodevil dos veces al día.
Ojos grises.
Los labios como carbones encendidos.
La cara un máscara de nieve con colorido.
Y qué caderas.
Y qué hombros.
Qué posaderas.
Parecían hechas sus piernas para que los hombres
perdieran la sesera.
Y lo conseguía.
Cómo se movía.
Pero tarde o temprano los hombres la aburrían:
dieciséis al año era su ración.
(Joseph Moncure March)
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